martes, 13 de octubre de 2026

NOSTALGIA POR EL VERDUGO: LA PARADOJA DEL DE COLONIAL COLONIZADO Y EL FETICHE DEL 12 DE OCTUBRE. (Con abundante aprecio publicamos este escrito cronical de M. Sc Aníbal Farías Furgot, que me envían desde el estado Sucre).

Nostalgia por el verdugo: La paradoja del decolonial colonizado y el fetiche del 12 de octubre

Por: M. Sc. Aníbal Farías Longart

Primero nos vendieron la píldora rancia del "Día de la Raza" (como si la especie humana fuera una exhibición canina donde los castellanos ponían la puntuación, repartían diplomas de alcurnia y medían el pedigree de los continentes), luego la edulcoraron con el tierno y modoso "Encuentro de Dos Mundos" para disfrazar con modales de diplomacia e intelectuales de cafetería lo que en realidad fue una invasión armada a sangre, fuego, grilletes, perros mastines y viruela, y finalmente coronaron el cinismo conceptual llamándolo "Descubrimiento de América", ese ridículo e insólito acto de pretendida hidalguía que consiste en "descubrir" a decenas de millones de seres humanos que ya llevaban milenios poblando, cultivando, amando, filosofando, trazando mapas estelares y construyendo complejas redes urbanas en el continente sin haberle pedido jamás permiso ni al Papa en Roma ni a la Corona española en Castilla para existir; pero la hipocresía contemporánea logró superar cualquier ficción barroca con el surgimiento de los "decoloniales colonizados", esos intelectuales de cafetín, historiadores de salón, curadores de museo y burocracias de la estética urbana que se llenan la boca en simposios, ponencias y foros académicos con discursos sobre la "cosmovisión ancestral", la "epistemología del sur", la "desobediencia epistémica" y la "resistencia inquebrantable de los pueblos originarios" mientras lloran lágrimas de bronce en las redes sociales, firmando peticiones institucionales y redactando columnas de prensa donde exigen la restitución y el regreso glorioso de la estatua de Cristóbal Colón a la plaza pública.

Resulta sencillamente alucinante, grotesco y desvergonzado observar a tanto teórico inflado de jerga progresista y aparente radicalismo universitario añorar con un romanticismo trasnochado el monumento pedestre de un hombre que, lejos de la estampa mítica del explorador abnegado y sabio marinero de la enciclopedia escolar, firmó las Capitulaciones de Santa Fe en abril de 1492 no para entablar un intercambio cultural ni para cumplir una desinteresada misión evangelizadora, sino para asegurarse mediante contrato mercantil la décima parte de todas las riquezas, piedras preciosas y metales encontrados, junto con los títulos hereditarios y perpetuos de Virrey, Almirante de la Mar Océana y Gobernador General, inaugurando de un plumazo las pretensiones patrimoniales más desmesuradas de la historia del capitalismo mercantilista temprano; el mismo virrey y administrador colonial que, al desembarcar en La Española y enfrentarse a la escasez de las vetas auríferas, impuso un feroz régimen de tributación minera donde todo indígena mayor de 14 años estaba obligado a entregar cada tres meses un cascabel de halcón lleno de polvo de oro bajo la pena, si fallaba en la cuota, de sufrir la amputación cercenada de las manos con machete para dejarlo morir desangrado en los senderos tropicales; el traficante pionero que inauguró formalmente el comercio transatlántico de carne humana cuando en febrero de 1495 envió más de 500 nativos taínos hacinados como bestias hacia los mercados de esclavos de Sevilla (de los cuales casi la mitad pereció agónicamente y fue arrojada a las olas antes de avistar las costas peninsulares); y el verdugo cuya tiranía interna fue tan abrumadora que el propio juez pesquisidor Francisco de Bobadilla tuvo que encarcelarlo y enviarlo encadenado a España en el año 1500 tras documentar en testimonios jurados cómo Colón castigaba la insubordinación o la falta menor cortando lenguas, cercenando narices, amputando orejas, desmembrando miembros y paseando a mujeres desnudas sobre asnos por el solo "delito" de criticar su codicia, desatando tal nivel de terror administrativo y desespero colectivo que provocó que comunidades aborígenes enteras acudieran al suicidio masivo con jugo de yuca brava y al infanticidio piadoso ante el horror de ver a sus hijos nacer para el infierno inenarrable de las encomiendas, las lavadoras de oro y las peonías de servidumbre.

Esa misma intelectualidad amnésica, que ensaya malabarismos teóricos para desligar la figura de Colón de los destrozos de la conquista, pretende instaurar una suerte de amnistía estética sobre los símbolos del despojo, argumentando que derribar al verdugo de su pedestal es un acto de "vandalismo histórico" o una "pérdida irreparable del ornato neoclásico", como si el patrimonio de un pueblo libre debiera medirse por la cantidad de metal labrado que rinde pleitesía a sus opresores; ignoran deliberadamente que la plaza pública es el espejo político de una comunidad y que mantener en ella al verdugo erigido equivale a legitimar el desprecio por la sangre vertida, transformando la memoria colectiva en una vitrina servil que consagra la tiranía bajo la excusa del arte; una postura que delata la incoherencia de quienes pontifican sobre la descolonización del pensamiento en los seminarios teóricos pero sufren ataques de pánico burgués cuando el pueblo soberano decide descolonizar la geometría de sus ciudades, revelando que su cacareado compromiso con los desposeídos se detiene exactamente allí donde comienza la nostalgia por las formas, los pedestales y la elegancia importada de la metrópoli.

Por todas estas razones profusamente documentadas en las crónicas indianas y en los legajos de los archivos históricos, insistir en el reclamo de subir nuevamente al marinero genovés a tres metros de altura sobre un pedestal de mármol decorado no tiene absolutamente nada que ver con la preservación neutral de la memoria histórica ni con el resguardo del patrimonio plástico ciudadano (puesto que la historia habita en los libros, en los documentos, en los debates pedagógicos y en la conciencia crítica de los pueblos, mientras que la estatua erigida en medio del espacio público constituye por definición un acto explícito de homenaje monumental, glorificación institucional y veneración oficial); la restitución del bronce genovés es la defensa vergonzosa de un fetiche político que rinde tributo perpetuo al iniciador del mayor colapso demográfico y humano de la historia americana, una contradicción patética, neurótica y chirriante que demuestra de manera irrebatible que el peor colonialismo no es aquel que desembarcó en tres carabelas hace más de cinco siglos, sino el que habita intacto, cómodo, sumiso y domesticado en la mente amputada de quienes pretenden llamarse decoloniales mientras sueñan en secreto con volver a arrodillarse ante el pedestal del conquistador.

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