*LA LECTURA DE LA HISTORIA*
*Por:*
*Eduardo Orta Hernández*
*Soy de Cagua. Soy Caribe. Soy Meregoto.*
Leer historia educa, informa, crea pensamiento, constituye un valioso instrumento para la búsqueda de la verdad, para develar los engaños, para descolonizarse del imperio de una cultura dominante por más de 500 años, para encontrar y explicarnos nuestra identidad, lo que fuimos y somos, para poder construir un futuro diferente sin negar nuestras raíces. Es profundizar y reconocer nuestro origen, local, continental y mundial, como parte integradora de nuestro ser, como colectivo, como sociedad humana.
Leer nuestra historia es ir al encuentro de nuestra ancestralidad, de nuestras luchas como pueblo, como entidad social, desde nuestra comunidades aborígenes, que vivían en plena y absoluta libertad, sometidas, explotadas por la avaricia, el afán de lucro, la búsqueda de recursos naturales, de minerales, en el objetivo supremo para la acumulación de capitales europeos, en beneficio de la clase explotadora, en la época de la incipiente y creciente industrialización hasta nuestros días. He ahí el origen de la mayor desgracia continental para los pueblos de la Abya Yala, como originalmente se denominaba al continente americano.
Leer nuestra historia es encontrarnos con comunidades originarias sometidas, esclavizadas, maltratadas, torturadas de mil formas y maneras, por la superioridad militar, por el crimen organizado, con fundamento en los instrumentos de guerra más avanzados: la pólvora, los mastines, el desconocido y sorprendente caballo, los arcabuces, los blindados trajes que impedían la penetración de la flechas y por la Cruz, la religión creadora de miedo y temores, instrumento para imponer nueva fe y actos litúrgicos extraños y dominadores, justificadores del mayor genocidio de la humanidad, imponiendo un extraño Dios, diferente y distante, gratoficador y castigador, que a cambio de su aceptación, de no oponerse a un nuevo modelo social, cultural y político, a una nueva lengua, a nuevas creencias, a la aceptacion del sufrir y la expoliación, entre pleitesías y adoraciones, látigos, esclavitud, pederastia, violaciones sexuales, incendio de comunidades enteras, repartimientos de tierras y encomiendas de indígenas se ofrecía la salvación eterna, el cielo, donde encontrarian la paz eterna, la deseada tranquilidad, sosiego y armonía alejados de males y sufrimientos.
Leer nuestra historia es encontrarnos con las mil manera de mal morir, es enterarse que pacíficos pobladores son asesinados entre los dientes de salvajes perros, o atropellados por el pecho y las patas de los caballos o por las balas de desconocidas armas, o devorados por la llamas, hogueras “purificadoras de almas y espíritus”, o por la horca, o por explotados pulmones sumergidos en la búsqueda de perlas.
Leer nuestra historia es encontrarnos con otros gritos de iguales, de sufridos y encadenados esclavos traídos de África, reducidos por gruesas cadenas y vendidos como mercancía, como cosas sin derechos, obligados a trabajar y servirle al esclavista, al amo, al conquistador y colonizador, al mantuano, al godo, al sin “alma”, al sin creencias verdaderas, al que tiene como su verdadero y único Dios la acumulación de capitales, la propiedad sobre la tierra, y sobre los hombres, sobre las comunidades originarias y las personas traídas de otros espacios, de otro continente.
Leer nuestra historia es encontrarnos con trescientos años de dominio monárquico, y de reyes y virreyes, por usurpadores, por no autorizados mandates, investidos de mesianismo e individualismo, y actuar personalista, por el afán del lucro, por la corrupción, la deshonestidad, la rivalidad y competencia por el poder, es descubrir todos los vicios y malsana conductas inimaginables, desde que el voraz marinero y su tropa de asesinos, pisaron con insolencia y maldad estas tierras.
Leer nuestra historia es ver la verdad del insurgir de un pueblo, que después de tres centurias se levanta y recupera la dignidad, la ruptura de los hilos dominantes del imperio español conquistador y colonizador, un pueblo que no se detiene en su límites geográficos, que rompe las cadenas de la Capitanía General de Venezuela, que avanza hacia el Sur, en su acción de libertad ante el imperio español, derrota en Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia a los controladores del poder, de los esclavistas y hacendados herederos de la conquista y colonización, sustituidos de nombre y físico, a principios del siglo XIX, que luego de una larga guerra todo continuó igual.
Leer nuestra historia es enterarse como el pueblo oprimido, sujeto y protagonista principal de la emancipación de nuestra América continuó explotado, humillado, sin tierras, bajo el dominio de todo tipo de piratas, de nuevos terratenientes, de nuevos mantuanos, de caudillos y falsos políticos, corruptos y maestros de la comisiones y de los fraudulentos empréstitos internacionales, es adentrarse en la insurrección campesina al grito de hombres libres y tierra, y a la pérfida traición liberal y asesinato de Ezequiel Zamora, líder popular con clara intenciones revolucionsrias y verdadera actuación en favor de los excluidos, de los desamparados, vestidos de las más adelantadas ideas de la época (socialismo utópico). También es encontrarse con un pueblo desorganizado, sin instrumentos ni organización, seguidor de caudillos, de promesas que se anhelaban y se sentían como reivindicadora de miseria y de consigna de libertad, que seguían ideas positivistas y liberales vociferados por jefes militares y terratenientes. Es ver el despojo del cuerpo geográfico en más de 150.000 kilómetros cuadrados, por invasores ingleses en nuestro Esequibo.
Leer nuestra historia es enterarse cómo se “bautiza” el siglo XX con otra invasión imperial, representados por piratas de las más potentes potencias del mundo, por la primera fuerza naval del universo, que impone un grosero e injusto bloqueo de nuestra costas, es ver a un presidente llamando a su pueblo a enfrentar al imperio europeo, a la “planta insolente del extranjero”, quien con dignidad, en defensa de la libertad y de la soberanía del país, libera a todos los presos por la defensa de la sagrada patria, cuyo desenlace termina en manos de un traidor dictador, que entrega la principal riqueza venezolana, impone un régimen de terror, persecuciones, violencia de Estado y asesinato por 27 años.
Leer nuestra historia es ver resurgir la esperanza del pueblo a la muerte del despota, que entregó el país al imperio yanqui, bajo el dominio de la doctrina Monroe. Es sentir el nacimiento, la vida de un pueblo humillado y violentado por siglos cuando toma las calles, protesta, organiza los primeros sindicatos y los partidos políticos, se atreve a organizar las primeras huelgas petroleras, exige salarios dignos, derecho al voto, a la educación, a la salud.
Leer historia es ver en las grafías como vuelve la oscuridad de la dictadura por diez años, hasta que un acuerdo militar burgués, con la venia del imperio Norteamericano, ofrece una democracia chucuta, engañosa, “representativa” que dura cuarenta años, que profundiza la pobreza, el hambre, la miseria de millones de venezolanos y cómo el bipartidismo se repartían el poder y la riqueza del país. “Doce apóstoles” dueño de todo, acentuaron la dependencia neocolonial, la colonialidad dentro de una aparente gobernabilidad “independiente y soberana”.
Leer la historia es confrontar la derrota del puntofijismo, la llegada al poder de un humilde vendedor de conserva, “el arañero” de Barinas, quien suelta la amarras, rompe las cadenas e impulsa magnos proyectos soberanos, como la construcción de la línea ferrocarrilera, interrumpida por su muerte, impulsa con decisión la libertad, la autonomía política económica y social en favor del pueblo, en materia de salud: los Barrio adentro, los Centros Integrales de Salud (CDI), masivas operaciones de los ojos, creación de universidades, gratuidad plena de la educación, dignificación de los pensionados y jubilados, creación de leyes pensando en el país, como la Ley Agraria, política de profunda ruptura con el imperio, impulso de una política petrolera favorable al país y a los países del y otros continentes, integración real y efectiva de los países caribeños y de nuestra América, hasta que fue asesinado por los eternos detentadores del poder mundial.
Leer la historia es también vivir, entender, explicarse el presente político, la actual realidad económica y social, las confrontaciones, las divisiones, los proclamadores de intervenciones militares, y de la presencia y dominio extranjero sobre nuestra patria construida por el esfuerzo del pueblo libertador, encabezado por Simón Bolívar. Es confrontar una realidad de traiciones, de entrega, de pérdida de la soberanía e independencia, de una gigantesca trama de corrupción, de deterioro de todos los servicios públicos, de violaciones e ilegalidades desde las más altas esferas del poder, del fortalecimiento de la “cultura del petróleo”, una cultura del ejercicio político, cuya práctica se remonta a la monarquía colonialista española, constituida por el “aquí mando yo”, “yo soy el jefe político”, “Yo, mis super poderes todo lo resuelve”, “el póngame donde hay”, es el mesianismo, individualismo y control sobre el colectivo, que se moviliza en una eterna campaña proselitista electoral, el e
indebido poder absoluto del partido sobre la sociedad entera, es la desnaturalización de los nuevos “poderes”, de las comunas y consejos comunales, es teñir de siglas y colores a un país entero, sin respetar las divergencias, las instituciones, como las escolares, convertida en patio de reuniones y asamblea partidista, es entender el por qué no se democratiza las instituciones, del impedimento que el pueblo en libre comicios elija al defensor del pueblo, al Fiscal General de la nación, al los representantes del poder judicial.
Lee historia es enterarse (en el espacio y en el tiempo) sobre la pérdida total de la brújula, del pensamiento de Simón Bolívar sobre patria, sobre la soberanía y libertad, es entender el alejamiento de la educación diseñada por Simón Rodríguez, o del humanismo democrático educativo de Luis Beltrán Prieto Figueroa, también es poder navegar y descubrir en las profundidades del engaño, la proclama a viva voz, a los cuatro vientos sobre la presencia de un “socialismo y una revolución” inexistente, de unos gobernantes que no encara la verdad, que son incapaces de decir, de hablar con la verdad, de afirmar que estamos, en Venezuela antes la solidez, el fortalecimiento del sistema capitalista liberal y positivista, la consecuencia de la mayor mentira de los últimos años, es que se le atribuyen todos los males, (por el engaño) al “socialismo”, toda ineficiencia, todo deterioro, toda insatisfacción , toda desmejora de la vida, de la salud, de la educación aparece como resultado del ejercicio de un gobierno que se proclama socialista sin serlo o sin existir tal sistema (buen favor que se le hace al capitalismo),en realidad ello no es así, pues no existe tal gobierno ni instituciones socialista ni revolucionaria, dentro del rigor científico de lo que ellos significa.
Leer historia educa, produce soberanía, pensamiento, autonomía, para la libertad del hombre y de la sociedad, teniendo el cuidado extremo sobre quién escribe la historia, a quien se lee, al autor del libro, si es parte de los que se han creído los eternos amos de la historia, los conservadores, racistas y godo, de exquisita y deslumbrante pluma o sí más bien, el conocer, el saber, las líneas, la grafía viene acompañada, de tinta revolucionaria, de interpretación transformadora, sin sujeciones de ningún tipo, sin cálculos para la complacencia, si el investigador o escritor es un historiador verdaderamente insurgente, no burocrático, de actuar independiente y libre, que escribe con sentimientos bolivariano, martiano, Simón rodriguiano, que busca e indaga en fuentes primarias y en las secundarias de Brito Figueroa, Rodolfo Quintero, Miguel Acosta Saigne, Vladimir Acosta, Esteban Emilio Mosonyi, Marc De Civrieux, Gustavo Pereira, Orlando Araujo, Domingo Alberto Rangel, entre otros compatriotas preocupados y lúcidos en escribir y construir la historia patria. En ello hay que tener mucho cuidado.
Cagua, 30 de septiembre de 2026