En la mañana del 16 de marzo, la Compañía Charlie entró a la aldea con órdenes estrictas de "limpiar la zona".
Sobre ellos volaba un pequeño helicóptero de observación Hiller OH-23 Raven. A los mandos estaba el suboficial Hugh Thompson Jr., un joven de 24 años nacido en Georgia, criado con fuertes valores religiosos e hijo de un veterano de la Marina. Junto a él iban su jefe de tripulación, Glenn Andreotta, y su artillero, Lawrence Colburn, de apenas 18 años. Su misión era sobrevolar la aldea para detectar fuego enemigo y marcar posiciones con granadas de humo para que la infantería atacara.
Desde el cielo, Thompson esperaba ver un feroz intercambio de disparos. Pero el pueblo estaba en un silencio absoluto y aterrador.
Al sobrevolar My Lai a baja altura, la tripulación comenzó a notar anomalías que no encajaban con un combate. Vieron los cuerpos sin vida de ancianos, mujeres embarazadas y niños esparcidos por los caminos de tierra y los arrozales. No había ni un solo hombre en edad militar. No había armas del enemigo tiradas en el suelo.
Thompson pensó inicialmente que los civiles habían quedado atrapados en un fuego cruzado de artillería. Vio a una joven vietnamita herida en el suelo, retorciéndose de dolor. Bajó el helicóptero y lanzó una granada de humo verde, la señal estándar que significaba: "Aquí hay un civil herido, necesita atención médica inmediata".
Thompson elevó el helicóptero unos metros y observó con alivio cómo un grupo de soldados estadounidenses, liderados por un oficial, se acercaba a la joven. Pero lo que ocurrió en los siguientes segundos destrozó la mente del piloto. El oficial estadounidense no sacó un botiquín. Sacó su fusil M16, apuntó a la mujer herida en el suelo y le disparó a quemarropa.
La realidad golpeó a Thompson como un mazo en el pecho. No había fuego cruzado. No había Viet Cong. Las tropas estadounidenses, aquellas con las que compartía bandera y uniforme, estaban ejecutando a sangre fría a civiles inocentes. El ejército al que había jurado servir se había convertido en un escuadrón de la muerte.
Lleno de una furia incontenible, Thompson sobrevoló la zona buscando sobrevivientes. Descubrió una zanja de riego gigantesca, literalmente rebosante de decenas de cuerpos mutilados y ensangrentados. Al acercarse, notó que había movimiento debajo de los cadáveres. Algunas personas seguían vivas, escondiéndose bajo sus familiares muertos.
Al mismo tiempo, observó a un grupo de unos diez civiles —mujeres aterrorizadas, niños llorando y ancianos temblorosos— corriendo hacia un refugio antiaéreo improvisado de tierra. Detrás de ellos, un pelotón de soldados estadounidenses se acercaba inexorablemente, recargando sus armas y preparando granadas de fragmentación para arrojarlas dentro del refugio.
En ese instante de pura tensión, Hugh Thompson tomó una decisión moral que desafió todas las leyes de la guerra y la jerarquía militar. Aterrizó su helicóptero exactamente entre los civiles refugiados y el pelotón de soldados armados.
Se quitó los auriculares, miró a su joven artillero Lawrence Colburn y a Glenn Andreotta, y les dio la orden más difícil, aterradora e ilegal que un oficial puede dar en combate:
"Apunten sus ametralladoras hacia los soldados americanos. Si intentan disparar o hacerle daño a estas personas, abran fuego continuo contra ellos".
Colburn y Andreotta, a pesar del terror de saber que estaban cometiendo un acto que el ejército consideraría traición y motín, asintieron. Apuntaron sus ametralladoras pesadas M60 directamente al pecho de sus propios compatriotas.
Thompson salió del helicóptero y caminó furioso hacia el comandante del pelotón, el teniente Stephen Brooks.
—¿Qué están haciendo? Estas son personas desarmadas —gritó Thompson.
—Solo estamos siguiendo órdenes de limpiar el lugar —respondió el teniente.
—Saca a esa gente del refugio. Voy a evacuarlos —ordenó el piloto.
—La única forma de sacarlos es con una granada de mano —replicó el oficial, esbozando una sonrisa cruel.
Thompson, con la mano en su arma reglamentaria, lo miró a los ojos con una frialdad absoluta: —Solo mantén a tus hombres aquí. Voy a sacar a esa gente yo mismo.
Los soldados estadounidenses, desconcertados por la presencia del helicóptero y las enormes ametralladoras apuntándoles, retrocedieron. Thompson, sin hablar vietnamita, usó gestos desesperados para convencer a las madres y a los niños de que salieran del refugio. Llamó por radio a dos helicópteros artillados que volaban cerca y les rogó que aterrizaran de emergencia. Usó esas naves de asalto para evacuar a los diez civiles, sacándolos de la masacre.
Pero la tripulación aún no había terminado. Andreotta recordó la zanja llena de cadáveres. Thompson aterrizó el helicóptero junto a la fosa. Andreotta bajó, caminó con el agua y la sangre hasta las rodillas entre decenas de cuerpos destrozados, y escuchó un gemido. Bajo el cadáver de su madre, encontró a un niño de tres años, cubierto de barro y sangre, pero milagrosamente ileso. Lo sacaron, lo subieron al helicóptero y despegaron hacia el hospital militar más cercano.
Ese niño, llamado Do Hoa, fue el último sobreviviente rescatado de My Lai. Ese día, la Compañía Charlie asesinó a 504 civiles inocentes.
Cuando Thompson regresó a la base, reportó la masacre con furia, provocando que se ordenara el cese inmediato de las operaciones en la zona, salvando incontables vidas en las aldeas vecinas. Pero el alto mando militar estadounidense no quería un escándalo que arruinara la moral nacional. Inmediatamente encubrieron el evento.
Cuando la verdad finalmente se filtró a la prensa en 1969, escandalizando al mundo, el gobierno y la sociedad le dieron la espalda al hombre que había defendido el honor del uniforme. En lugar de ser aclamado como un héroe, Hugh Thompson fue tratado como un traidor. Congresistas lo intentaron someter a un consejo de guerra. Recibió miles de cartas con amenazas de muerte. Encontraba animales muertos mutilados en el pórtico de su casa. Su carrera militar quedó arruinada, sufrió trastorno de estrés postraumático severo, depresión profunda y alcoholismo.
Durante 30 años, Hugh Thompson llevó la cruz de ser el villano en la mente de una nación que no quería aceptar sus propios errores.
Pero la historia siempre encuentra la manera de que la verdad flote. Décadas más tarde, gracias a la presión de periodistas, académicos y veteranos de guerra honestos, el Pentágono no tuvo más remedio que revisar el caso.
En 1998, exactamente 30 años después de la masacre, el Ejército de los Estados Unidos condecoró a Hugh Thompson, Glenn Andreotta (póstumamente, ya que murió tres semanas después de My Lai) y Lawrence Colburn con la Medalla del Soldado (Soldier's Medal), el mayor galardón otorgado por heroísmo fuera del contacto directo con un enemigo.
Años después, Hugh Thompson regresó a la aldea de My Lai. Ya era un anciano cansado. Allí, se encontró cara a cara con las mujeres que había sacado del refugio y con Do Hoa, el niño de la zanja, ahora un hombre adulto. Se abrazaron llorando. Las mujeres le dijeron: "¿Por qué los americanos no enviaron a más hombres como tú?".
Thompson falleció de cáncer en 2006. En su lecho de muerte, jamás se arrepintió de haber bajado ese helicóptero. Demostró que, incluso en el lugar más oscuro del infierno, un solo hombre tiene el poder de trazar una línea en la tierra y decir: Aquí no.
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