jueves, 23 de abril de 2026

TRASLADO DE LOS RESTOS DEL GENERAL CIPRIANO CASTRO AL PANTEÓN NACIONAL.

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General Cipriano Castro 
 
Traslado de los restos del General Cipriano Castro al Panteón Nacional
El 14 de febrero de 2003, el Primer Mandatario, Comandante Hugo Rafael Chávez Frías, presidió el acto de traslado desde el Mausoleo “La Restauradora” en el Estado Táchira, al Panteón Nacional de los restos mortales del general Cipriano Castro, quien fuera el Presidente de la República de Venezuela, desde el 22 de octubre de 1899 hasta diciembre de 1908, en consonancia con la propuesta de la Comisión Presidencial Conmemorativa del Centenario del Bloqueo Alemán e Inglés a las Costas Venezolanas (9 de diciembre de 1902), presidida por el Vicepresidente Ejecutivo para ese momento, José Vicente Rangel. El presidente Chávez rendía así merecidos honores al General Castro, haciendo justicia a su trayectoria, y es por ello que ahora reposa al lado de los próceres de nuestra patria. Pero cómo era de esperarse, la polémica no tardó en surgir, los medios e historiadores de la oposición pusieron el grito en el cielo ante lo que consideraban un desatino de nuestro Presidente.

Sin embargo, los motivos históricos que respaldan tal decisión son indiscutibles, y de esta forma consta en Gaceta Oficial que: "Considerando que el general dirigió la Revolución Restauradora, que cerró el ciclo histórico del caudillismo guerrero, que rescató la unidad nacional, que rescató la estabilidad política, la independencia y la seguridad del país, se conceden los honores del Panteón Nacional al general Cipriano Castro". Asimismo, reza el decreto presidencial, que uno de los mayores méritos que hacen digno al General Castro de formar parte de los prohombres, cuya actuación patriótica y revolucionaria es legítimo enaltecer, radica en el hecho de que Castro había defendido férreamente “el nacionalismo venezolano con ocasión del bloqueo de las costas venezolanas, ocurrido en fecha 09 de diciembre de 1902”. Hablamos pues de un gran venezolano, nacionalista, antiimperialista, revolucionario y patriota, auténtico defensor de la venezolanidad durante el tránsito al siglo XX, además de ser, como dijo en su discurso en el Pateón, el historiador Manuel Carrerro, el: “primer tachirense que fue presidente de la República de Venezuela y primer tachirense que viene a descansar en este templo sagrado de la patria”1. Carrero destaca también en su discurso que: “Los restos del presidente Castro vienen al Panteón Nacional como homenaje a su posición frente a la agresión de las potencias imperialistas, entre 1902-1903, cuando Alemania, Inglaterra e Italia y otras potencias, bloquearon las costas venezolanas bajo el argumento formal del cobro de deudas, pero con el objetivo estructural de desmembrar nuestro territorio”.

Los primeros años de Cipriano Castro
Así pues, José Cipriano Castro Ruiz fue más que un militar y político venezolano, fue un hombre libertario y combativo, además de un gran estratega que se convirtió en Jefe de Estado entre 1899 y 1908, primero Presidente de facto tras el triunfo de la Revolución Liberal Restauradora, y desde 1901, como Presidente Constitucional de Venezuela. En efecto, es el primer andino que gobierna una Venezuela de tradición llanera. Nace en La Ovejera de Capacho (Edo. Táchira) en 1858 y, en contra de lo que se ha dicho de él, era un hombre muy culto, muchísimo más que su indeseado sucesor: Juan Vicente Gómez. Castro pertenecía a una familia de agricultores de clase media, preocupados porque el joven estudiara. Comienza su formación en su pueblo natal y luego en San Cristóbal, de donde pasa al Colegio Seminario de Pamplona (Colombia) (1872-1873), que, como era de esperarse, abandona. De allí regresa a San Cristóbal, en donde trabaja como dependiente de la casa Van Dissel, Thies y Cía. De regreso a Los Andes venezolanos, se integra al grupo de opositores del general Francisco Alvarado, candidato a la presidencia del estado Táchira en 1876. Poco tiempo después, trabaja como administrador del periódico “El Álbum” (año 1878) y participa en la toma de San Cristóbal, identificándose así con los postulados autonómicos, en oposición al nuevo presidente del Estado.

 La formación de Castro es muy peculiar para la época, porque como decimos, deja el seminario para seguir, en sus lecturas, entre otros, al polémico autor colombiano José María Vargas Vila, quien era hombre de ideas liberales radicales y un ferviente opositor al clero (al punto de ser excomulgado por el Vaticano, a causa de la publicación de su novela Ibis en el año 1900), por supuesto opositor a las políticas conservadoras y muy especialmente al imperialismo norteamericano. Vargas Vila ha sido tildado de panfletario, pero su pensamiento fluye entre el anarquismo y el existencialismo, y fue un auténtico defensor de toda causa a favor de la libertad y la justicia de los pueblos latinoamericanos. En 1887, en Caracas, fundó y dirigió la revista Eco Andino y en 1888, con Diógenes Arrieta y Juan de Dios Uribe, fundó la revista Los Refractarios. Paradójicamente el presidente de Venezuela Raimundo Andueza Palacio lo expulsa de Venezuela en 1891, de donde, parte a Nueva York, en donde entabla una estrecha amistad, nada menos que con el gran escritor independentista cubano: José Martí. De Vargas Vila se recuerda su negativa de arrodillarse ante el papa León XIII, al afirmar: "no doblo la rodilla ante ningún mortal". En 1902 fundó en Nueva York la revista Némesis, desde la cual se criticaba al gobierno colombiano de Rafael Reyes y a otras dictaduras latinoamericanas, así como a las imposiciones del gobierno estadounidense, entre ellas la usurpación del canal de Panamá y la Enmienda Platt. En 1903 publicó en esa revista un artículo titulado: “Ante los Bárbaros”, tras lo cual fue evidentemente expulsado de Estados Unidos.

Por eso no es de extrañar que Castro con tales influencias, estableciera relaciones con el revolucionario movimiento liberal colombiano, y participara en las manifestaciones del liberalismo radical en contra del gobierno y en los constantes enfrentamientos callejeros contra los adeptos del partido conservador. Sus discrepancias con el clero local también son bien conocidas, tal es el caso del incidente ocurrido, en 1884, con el párroco de Capacho, el padre Juan Ramón Cárdenas, que motiva su encarcelamiento en el retén de San Cristóbal, de donde se fuga a los 6 meses de cautiverio, para refugiarse en Cúcuta, allí conoce a quien habría de ser su futura esposa, la joven Zoila Rosa Martínez. Dos años después, en 1886, vuelve al Táchira.

 La Revolución Liberal Restauradora
Castro regresa en campaña con las fuerzas invasoras autonomistas de los generales Segundo Prato, Buenaventura Macabeo Maldonado y Carlos Rangel Garbiras, para enfrentarse a los grupos armados del gobernador de la sección del gran estado Los Andes, general Espíritu Santo Morales. Durante esta invasión, Castro derrota a Morales en la ciudad de Rubio, lo que le valió el ascenso a general, convirtiéndose en una importante figura política dentro del gran estado Los Andes.
Tradicionalmente se ha dicho que fue precisamente en el entierro de Evaristo Jaimes, muerto en combate, que Castro conoce a Juan Vicente Gómez, su futuro compadre y compañero de armas. En 1888, Castro accede a la gobernación de la sección Táchira, posición desde la cual comenzará a construir su propia base de poder regional apoyado por el presidente del gran estado Los Andes, Carlos Rangel Garbiras. 

En 1890 se encarga de la Comandancia de Armas y posteriormente es electo diputado por la sección Táchira al Congreso Nacional. Desde este nuevo cargo se une a los partidarios de Raimundo Andueza Palacio, justamente en el momento en que se alzaba contra el gobierno de Andueza la “Revolución Legalista”. Mediante su actuación en el Parlamento, Castro se da a conocer entre las esferas políticas caraqueñas, y en especial en el círculo del presidente Andueza, con quien comparte sus planes continuistas. Castro organiza una campaña militar que comienza con la derrota de 2.000 hombres mandados por Espíritu Santo Morales y Eliseo Araujo y, poco después, en marzo de 1892, regresa al Táchira, con el objeto de apoyar de manera efectiva a Andueza con la colaboración de Juan Vicente Gómez, Emilio Fernández y Francisco Antonio Colmenares Pacheco para enfrentarse a la Revolución Legalista, que se ha fomentado en todo el país, y que tiene entre sus principales jefes a Joaquín Crespo. Luego de exitosos combates en Palmira y San Juan de Lagunillas, entra a Mérida con la intención de marchar hacia Caracas, pero en vista del avance de Joaquín Crespo contra las fuerzas anduecistas, y con el triunfo a la Revolución Legalista, desiste en su apoyo a Andueza, y marcha al exilio por 7 años (1892-1899) a la hacienda Los Vados, en las cercanías de Cúcuta. Gómez por su parte, se establece en una finca vecina.
Mientras tanto, muchos cambios se van produciendo en el país, cambios de presidencias y alzamientos en el “cuero seco”, hasta que a partir de 1898 motivado por la desestabilización del nuevo gobierno de Ignacio Andrade, crece el dinamismo de los partidarios de Castro, quienes se constituirán en Comité Revolucionario, una suerte de célula conspirativa. A principios de 1899, luego de varios intentos fallidos de llevar a cabo una acción conjunta con Carlos Rangel Garbiras. Castro decide organizar junto con Juan Vicente Gómez y otros copartidarios, entre ellos: Manuel Antonio Pulido, José María Méndez, Emilio Fernández, Jorge Bello y Pedro María Cárdenas, la denominada Revolución Liberal Restauradora, que comenzó con la invasión del territorio nacional, el 23 de marzo de 1899.

De camino a Caracas, las fuerzas de Castro aumentan a medida que se van sumando a la revolución varios contingentes de partidarios del general José Manuel Hernández, “El Mocho”, quien se encontraba prisionero por haberse alzado contra el gobierno de Ignacio Andrade, lo que en definitiva resultó una alianza clave el movimiento restaurador. Ante el avance incontenible de Castro y sus tropas, Andrade reorganizó el ejército con la intención de derrotar a éste en un combate final. En consecuencia, sale de Valencia un contingente de 5.500 hombres al mando del ministro de Guerra y Marina, el general Diego Bautista Ferrer, que a su vez contaba con el apoyo del general Antonio Fernández. Aunque el ejército del gobierno tenía grandes posibilidades de derrotar a Castro, las desavenencias entre Ferrer y Fernández, condujeron a la derrota de Tocuyito (14.9.1899), donde sufrieron 1.000 bajas. Después de vencer este obstáculo en su marcha hacia Caracas, Castro de dirige el 16 de septiembre de 1899 a Valencia, donde comienzan las negociaciones políticas que pronto lo llevarán al poder.

Cuando Castro se disponía a enfrentar en La Victoria a Luciano Mendoza, quien representaba la última defensa del régimen de Andrade, se encontró con la sorpresa de que dicho jefe decidió desobedecer las órdenes del gobierno y no hacerle frente. Ante la inminente llegada de Castro a Caracas, diversos emisarios enviados por Ignacio Andrade, entre ellos el ministro de Hacienda Manuel Antonio Matos, entraron en conversaciones con éste para llegar a un acuerdo de paz. No obstante, Andrade al notar que sus funcionarios se estaban pasando a la causa restauradora, y que no tenía ejército que defendiera su gobierno, resolvió marcharse de Venezuela el 19 de octubre de 1899, mientras se encargaba transitoriamente del Ejecutivo al general Víctor Rodríguez. Finalmente, el 22 de octubre de 1899, entra Cipriano Castro a Caracas, iniciando el gobierno de la Restauración Liberal bajo el lema: “Nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos”. Del autoexilio de Andrade comenta Castro: “El último tirano va ya camino del destierro”.
 La Revolución Liberal Restauradora, también conocida como la “Invasión de los 60”, a Venezuela, parte de Colombia y Los Andes, acaudillada por Cipriano Castro, con la finalidad de derrocar el gobierno del presidente Ignacio Andrade acusado de haber violado la Constitución Nacional de 1893, la cual Castro estaba dispuesto a restaurar. Esta revolución marca un importante hito en la historia de nuestro país, porque da al traste con la hegemonía del Liberalismo Amarillo, y abre paso a la participación de los andinos en la política nacional, desplazados siempre del centro y por lo tanto, del punto neurálgico de la toma de decisiones. De más está decir que con la Revolución Restauradora, Castro logró que el sentimiento nacional resurgiera en la conciencia de los venezolanos.
Al día siguiente de tomar el poder, pone en libertad y nombra Ministro de Fomento al “Mocho” Hernández, quien estaba encarcelado desde 1898, tras el fracaso de la Revolución de Queipa contra el gobierno de Ignacio Andrade, por el fraude en las elecciones presidenciales. Durante esa Revolución encontrará la muerte Joaquín Crespo, ex-Presidente de la República, quien había salido a combatirlo, con miras a consolidar el régimen que él mismo había creado y, como es de todos conocido muere en la acción de Mata Carmelera, el 16 de abril de 1898. Crespo había comentado despectivamente de Castro que éste era impulsivo y orgulloso, por eso decía que: “El indiecito no cabe en su cuerito”. También recibía Castro de sus maledicentes enemigos el apodo de “El Cabito”, que no es más que la traducción de “Le petit caporal”, mote de Napoleón Bonaparte antes de ser emperador.
Durante su mandato, Cipriano Castro tuvo que afrontar una fuerte oposición política por parte de sectores tanto nacionales como internacionales. Sin embargo, su entrada a Caracas fue unánimemente aclamada, tanto que hasta la alta burguesía caraqueña que tenía preparado un banquete para Andrade, a quien suponían vencedor, se lo dieron a Castro. Pero en breve, los caudillos de viejo cuño, los banqueros y los grandes comerciantes venezolanos, así como los inversionistas extranjeros se resistieron determinantemente a aceptar a un presidente con el que no se sentían representados ni política ni financieramente, ni mucho menos podría formar parte de la poderosa élite que por décadas había concentrado en pocas manos el poder económico. En consecuencia, se organizan militarmente en contra del nuevo gobernante, dando lugar a lo que habría de conocerse como la Revolución Libertadora (1901-1903), con el banquero Manuel Antonio Matos a la cabeza (por cierto pariente de Guzmán Blanco y de la familia Boulton, comerciantes de origen británico) quien además contó con el apoyo financiero de capitales extranjeros. Pero la oposición la encontramos incluso entre sus propios partidarios, el más destacado es el “Mocho” Hernández, quien a los pocos días de su liberación y nombramiento, se alza en armas contra el gobierno desde los Valles del Tuy.

ILa Revolución Libertadora
Castro se encontrará con que las Arcas del Tesoro están vacías, la deuda externa, pública y privada, venía acumulándose desde la división de Gran Colombia en 1830, las continuas guerras civiles y el descenso notable de los precios del cacao y del café en los mercados internacionales para un país eminentemente agrario era desastroso, así pues, todo ello confluye en una grave crisis económica, una situación nada fácil de enfrentar para el recién estrenado gobernante. A ello hay que agregar que el nuevo gobierno tiene que sofocar militarmente los continuos alzamientos en su contra, de tal modo que el único recurso que le queda es pedir un crédito urgente a los acaudalados banqueros tanto del Caracas como del Venezuela principalmente. El primero que solicita se lo aprueban, pero Castro sólo logra paliar la situación hasta finales de 1899, en adelante no le conceden ni uno más. Según cuentan los historiadores tradicionales, esto encoleriza a Castro, quien amenaza con abrir a mandarriazos las cajas fuertes de los bancos y con acuñar 2 millones de bolívares en plata, pero lo cierto es que, los banqueros se asustaron no por lo de la mandarria, sino porque ante la insistente negativa a conceder el crédito, Castro manda a encarcelar a algunos de los más prominentes, entre ellos a Manuel Antonio Matos, quien además había sido Ministro de Hacienda Pública en tres oportunidades. Ante semejante medida, los banqueros ceden a la presión del gobierno y le conceden un crédito por 1 millón, pero Matos decide vengarse del presidente y sus políticas organizando la que habría de llevar por nombre: Revolución Libertadora.
Matos logra aliar en su entorno los intereses de los caudillos regionales con los de algunas de las compañías extranjeras que operaban en el país, transformandose así en el vínculo entre ambos grupos, y convirtiendo a los caudillos venezolanos en instrumentos de una política internacional que sobrepasaba sus propios antagonismos locales. Pero Matos, tenía en su contra un desconocimiento absoluto de estrategia militar. “La Libertadora”, que habría de ser la última guerra civil venezolana, fue, en efecto, la última resistencia del caudillismo contra la soberanía del Estado moderno. Al respecto comenta Manuel Carrero que bajo el mandato de Castro se: “puso fin a la terrible peste de las guerras civiles, batiendo al “fiero caudillaje” conjurado en la Revolución Libertadora, por cierto financiada y apoyada por una cruzada de capitales nacionales e internacionales, en la cual se enfrentaron unos dieciséis mil enemigos del Gobierno contra unos seis mil soldados castristas, en la más larga batalla de la historia militar de Venezuela, y en cuyo desenlace se dio la paradoja de que una minoría organizada y bajo el mando de un genuino Jefe derrotó a una mayoría anarquizada y confusa.” Entre las compañías que financiaron el alzamiento de Matos se encontraban la New York and Bermúdez & Co., que operaba la concesión de asfalto del lago de Guanoco, la Compañía Francesa de Cables Submarinos, la Compañía Alemana del Ferrocarril Caracas-Valencia, la Orinoco Shipping Company, así como el Disconto de Berlín.
Matos estimula el desprecio de las potencias extranjeras hacia las políticas de Castro, asegurándoles el cumplimiento de todos los compromisos económicos contraídos y prometiéndoles que favorecería al capital extranjero establecido en el país, si contribuían a derrocar al tirano, y así fue, las grandes compañías capitalistas comenzaron a financiar la compra de armas y municiones. En Londres, Matos adquiere un buque de guerra, el Ban Righ (luego rebautizado Libertador). Entre los cómplices del banquero podemos mencionar a Rodolfo de Paula, cónsul de Colombia en Londres, y hasta gente del propio gabinete de Castro, como el ministro de Guerra y Marina, general Ramón Guerra, y por supuesto, a Luciano Mendoza, presidente del estado Aragua, quien al saber que habían sido dadas las órdenes para su arresto, se adelanta a los acontecimientos y, el 19 de diciembre de 1901, se alza en rebelión en el sitio de La Villa, cerca de La Victoria. No entraremos en muchos más detalles con respecto a la Revolución Libertadora, porque simultáneamente ocurren otros acontecimientos que requieren más de nuestra atención. Baste con recordar que quien vence realmente a la Libertadora en su última maniobra en Ciudad Bolívar (entre el 20 y el 22 de julio de1903), es Juan Vicente Gómez, lo cual marcó su ascenso político y militar. Coinciden los historiadores en afirmar que los enfrentamientos entre el gobierno y la Libertadora se convirtieron en la más sangrienta guerra de la historia moderna de Venezuela. Como resultado, y ante el intervencionismo extranjero, Castro tomo las medidas que consideró oportunas, tales como la anulación de las concesiones de la New York and Bermudez Company y de la Compañía del Cable Francés, que llevaron irremediablemente a la ruptura de relaciones diplomática

El Bloqueo de 1902
Pero el acontecimiento más importante que queremos destacar es precisamente el bloqueo de las costas venezolanas por parte de las armadas de Inglaterra, Alemania e Italia (diciembre 1902-febrero 1903), iniciativa a la que se unen más tarde Francia, Holanda, Bélgica, Estados Unidos, España, México, Suecia 

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