jueves, 26 de febrero de 2026

DOÑA ROSALBA SILVA CUNACUÉ.

 El 26 de febrero del 2017 tuve una amena conversación con  Rosalba Silva Cunacué, doñita comunicativa, expresiva, inteligente, concienzuda, caritativa, cariñosa y amable abuelita, quien visitaba a menudo la Alcaldía Bolivariana y el Concejo Bolivariano del Municipal Los Taques y saludaba con mucho afecto a todos, ya que era apreciada por cuantos la conocían, andaba por las calles del centro y la plaza Bolívar; era personaje notorio y compartía con otros abuelitos y abuelitas en la Casa de Encuentro de Adultos Mayores y no aparentaba el peso de tantos años por su paso firme e inusitada agilidad. 

Un buen día cuando se encontraba en Concelostaques le solicité que me hablara sobre su vida. Y me respondió: "con mucho gusto profesor".

"No tuve hijos, pero me sentía madre y abuela de todos los niños y niñas de Los Taques, y recibí mi pensión de Amor Mayor después de trabajar como niñera y doméstica en Judibana durante gran parte de mi larga existencia.

Nací el 29-02-1929 en Cordero, Táchira, hija de Ignacio Antonio Silva Silva y Ercilia Cunacué de Silva. Mis abuelos paternos: Pedro Silva y Dolores Silva y los maternos, Francisco Pecué y Francisca Cunacué. Me sentía orgullosa de llevar 42 años por estas tierras y tenía un amor profundo y sincero por Los Taques y su gente.

Estudié en una escuelita de pueblo privada, mi maestra se llamaba Guillermina Medina, me enseñó a leer, escribir, contar, sumar, restar y respetar a los mayores. Dice Doña Rosalba: “la señorita era muy severa, siempre con la regla en la mano; me dio clase del 1° al 6° grado. Fui buena estudiante y gané una beca, el Padre Ortiz me ayudó a entrar a un convento de monjas en Guanacas, Colombia, pero tuve que abandonarlo por la muerte de mi madre y regresé a Venezuela a cuidar a mis hermanos Lola, Ligia, Manuela, Estela, Libia y Ever”.    
“Bregué en el campo recolectado café, quemando y limpiado el monte para sembrar y pilar maíz, amansé caballos, cerqué terrenos y le hacía la comida a mi familia. Llegué a Ciudad Ojeda y Cabimas, allí viví 25 años laborando en Campo Verde y Tía Juana, en casas de familias, y en la iglesia de Santa Lucia y Virgen del Valle limpiando y pintando los santos”.

“Conocí al gerente de la compañía petrolera, el ingeniero Douglas y a su esposa Milagros, no recuerdo sus apellidos. A él lo trasladaron a la Refinería de Amuay, y con ellos estuve 13 años cuidando a sus hijos con afecto, hasta que se hicieron grandes. Trabajé años en la casa del señor Iván Hernández Malpica y otras casas de familia. Hice suplencias como aseadora en la Alcaldía. Desde hace 10 años vivo sola en mi casita, en la entrada de El Tacal, soy trabajadora, honesta y servicial”.

“Una vez iba a Villa Marina donde tengo amistades; era por cierto 8 de septiembre el Día de la Virgen del Valle, la Vallita, me caí de una camioneta y quedé sin sentido, la gente pensó que yo estaba muerta. Ví dos caminos uno estrecho y otro ancho, caminé por el segundo y de repente frente a mí, estaba una mujer muy hermosa, vestida de blanco y llena de luz, quien me dijo: ‘No es tu hora de ir al Cielo, debes hacer todavía mucho bien al prójimo’. 

Pienso que fue la Virgen del Valle de quien soy muy devota, y desperté en el Hospital Calles Sierra donde estuve hospitalizada unos días y me trataron muy bien; eso pasó hace ya muchos años”. 

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